Cris (25)

Mi nombre es Cristóbal Burko, tengo veinticinco, y este es un breve resumen de una parte muy importante de mi vida.
No recuerdo si tenía catorce o quince años cuando me estaba haciendo puto. Mis compañeros de clase, y por qué no, algunos chicos del colegio, me estaban resultando un poco más que simpáticos, ¡Me atraían!
Ridículamente tenía la ilusión de que en algún momento las cosas volverían a la normalidad, y, lejos de eso, empezaron a tomar otros matices. Lo que al principio era una simple atracción después era deseo, y después, concreción. Obviamente que mucha agua tuvo que pasar debajo del puente para pasar de una cosa a la otra, tantos años de flagelo por no ser como la sociedad pretendía, me habían transformado en una olla a presión; más temprano que tarde la cosa iba a explotar. Fue así como a la edad de veintidós me decidí a “ver qué onda”. No fue fácil, claro, tenía miedo a ser “descubierto”, pero no quería seguir reprimiendo las ganas de experimentar lo que se sentía estar con un tipo.

Yo ya sabía, aunque me costara autocalificarme como homosexual, que lo era.
Mi primer beso no me convenció, el pibe no me atraía, era muy distinto a lo que Tinder me había mostrado, me sentí forzado a hacerlo, pero dadas las circunstancias, era de noche y me encontraba en los Lagos de Palermo, casi como que obligatoriamente tenía que pasar.
Llegó el segundo, este muchacho sí que me gustaba, nos gustábamos mutuamente. Disfrutábamos besarnos de encubierto y recurríamos a lugares recónditos para no ser vistos. Llegamos a estar juntos unos cuantos meses en los que inicié un proceso de aceptación y empecé a caer en la cuenta de que mi futuro era este y no otro.

Ser gay era mi destino.
Pasaron cosas, el mundo es un pañuelo, tarde o temprano los rumores corren y tratar de sacarle el culo a la jeringa dejó de ser efectivo. Primero, dos de mis amigas, después mis hermanos y mis amigos, y por último, mis viejos. En ese orden, más o menos, fue como lo fui contando a medida que la confianza y la convicción de no querer reprimirme más, me fueron dando la fuerza, la libertad y la valentía para permitirme ser autentico. Es verdad, dadas ciertas circunstancias, me vi en parte obligado a hacerlo, gente que yo conocía se iba enterando por distintos lugares, y no quería dejar pasar la oportunidad de ser yo quien se lo contara a mis seres queridos antes de que alguien más me ganara de mano.
Salir del clóset.
Me fui aceptando, fui deconstruyendo una ideología hetero normativa que me decía cómo me debía relacionar sexo afectivamente, me fui adueñando de mi vida y comencé a respirar por mis propios medios. ¿Salí del closet? No, no lo hice, nunca se sale del clóset, todxs vivimos adentro de uno. Nadie se conoce tanto a sí mismo ni se da a conocer a lxs demás al ciento porciento,
siempre hay cosas por descubrir y cosas nuevas para compartir.